Fernando Herrera Campos

Fernando Herrera Campos

Estamos prontos a culminar la temporada estival, en poco días más el verano 2015 no será mas que parte del recuerdo, y todos volveremos a nuestra rutina habitual.

Mientras iniciaba estas líneas, recordaba con algo de nostalgia aquellos años de juventud en que, como tantos otros, las emprendía caminando desde Puchuncaví al balneario de Quirilluca, ya fuera solo o en grupo de amigos, para disfrutar de la naturaleza prodiga.

Por aquellos años todo era mas simple, no existían celulares ni menos redes sociales como ahora, de hecho, el único teléfono público existente en el pueblo estaba instalado en la casona de don Matías Osorio, en calle José Ramón Pérez (hoy enteramente deshabitada y muy a mal traer) donde su inseparable compañera, la tía Corita, recibía los recados para comunicarlos a los destinatarios vía mensajero.

Concertar un viaje a Quirilluca era toda una aventura, no exenta de compromisos ni dificultades para quien lo quisiera, pues en ese tiempo podíamos acampar libremente, sin restricciones, aprovechando la vertiente natural de agua dulce que abastece el bebedero de la entonces Hacienda “El Alto, de Puchuncaví,” como la abundante vegetación nativa que aportaba el combustible necesario. …. y para mas de alguno un motel con vista a las estrellas
Cruzar la Hacienda, hacia el ansiado mar, importaba una caminata de a lo menos una hora, bajo un sol implacable, que usualmente calentaba hasta lo indecible los arenales del secano costero: obligando a muchos a desviarse por entre los trigales y lentejales resecos, sorteando ratones, lagartijas y cuanto bicho pudiera aparecer, lo que provocaba mas de algún gracioso estupor femenino.

En el singular trayecto no existía abastecimiento de agua para la bebida, apenas un bosque de pino a medio camino para el necesario descanso reparador, por lo que muchos caminantes, entre los que me cuento, apelábamos al clásico “préstamo no autorizado” de sandias, melones y choclos existentes en las chacras de la misma Hacienda.
Pasar por la casa de Los Canciano, sobre una loma cercana al litoral, era signo indubitable de que la playa estaba próxima; para alegría intestinal de muchos de quienes ya a esa altura hacian esfuerzos indecibles por contener sus fuerzas gástricas.

Bajar a la playa era todo un acontecimiento, digno del más avezado escalador principiante, sobre todo cuando había que bajar a los adultos mayores y a los porteadores de canastas, quitasoles, carpas y todo lo demás.

Ya en la playa, era un clásico ir por los mariscos que pudieran hallarse en los roqueríos; los mas audaces, generalmente discípulos de San Calentin, osaban pasar a nado hacia la Playa Agatas, contigua a Quirilluca por el norte, para rescatar un recuerdo para la peor es ná, mientras sus adoradas princesas iban a bañarse en grupo entre las frescas y orinadas olas del mar.

Por la noche, subíamos a armar lazos para cazar conejos, y así acontecía el verano en nuestro querido balneario; donde realmente el campo se juntaba con el mar.

Pero ya no es así.

Actualmente el campo se junta con los condominios cercanos a Horcón, y las elegantes gaviotas se confunden con los parapentes.

Donde antes solo existía una huella para tractores y animales, hoy existe un camino expedito habilitado especialmente para quienes quieran llegar en sus vehículos; don Matías ya no existe, su teléfono público fue reemplazado por modernos aparatos de telefonía celular, las redes sociales nos permiten concertarnos en instantes para ir a la playa, y el atractivo de las Agatas fue reemplazado por bañistas piluchas que concurren asiduamente a la Playa Luna, vecina al sur de Quirilluca.

El regreso de la playa solíamos hacerlo en camiones, o en colosos tirados por tractores de la hacienda, y no pocas veces a pie; hoy, producto de mejores estándares de vida, casi todos llegan en sus flamantes vehículos, pagados en cómodas cuotas mensuales; ya no se acampa, no se hacen ramadas ni show nocturnos; de fogatas ni hablar.
He querido dejar esta crónica, como un recuerdo de aquellos nuestros años, años 75 al 85, que, aunque no lejanos en el tiempo, ya forman parte de nuestra historia colectiva.


Puchuncavi, Febrero 2015

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